En mi último post hablaba de cómo en tiempo récord se había organizado la última Cumbre del Clima (COP25 2019), curiosamente, en el mismo lugar (IFEMA, Feria de Madrid) donde poco tiempo después se improvisaba un hospital de campaña ante la demoledora emergencia sanitaria que hemos vivido durante la crisis del COVID-19.
Comenzamos ahora a vislumbrar una luz tenue al final del túnel, pero con grandes dudas acerca de qué nos encontraremos a la salida y hacia dónde podremos caminar una vez fuera de él.
A pequeña escala, todos hemos hecho nuestras reflexiones en estos días de confinamiento. Algunos se han visto sacudidos por lo sucedido de una manera cruel y muy violenta; otros, más afortunados, han podido verlo todo como si de una película de terror se tratara, protegidos entre paredes, y con suerte, mirando a través de ventanas o incluso asomados a balcones. Unos y otros, hemos sacado nuestras conclusiones y algo habremos aprendido de la experiencia.
Con una mirada más amplia, como sociedad, tenemos también la obligación de reflexionar acerca de cómo salir fortalecidos y de cómo podemos cada uno arrimar el hombro por este objetivo que nos une como nunca: vencer a un enemigo común y paliar todos los impactos derivados de la crisis que ha ocasionado.
Yo no querría volver a la normalidad, porque esa normalidad quizá no debería llegar a ser la misma. En el camino de reconstrucción tenemos la opción de hacer las cosas de manera diferente y de hacerlas mejor.
Cuesta predecir cómo va a evolucionar todo en muchos sentidos, pero sí hay algunas cuestiones que creo que podría afirmar con una cierta seguridad.
Y aquí entra en escena la Responsabilidad Social Corporativa, un concepto que me suena ahora con mayor contundencia, como si hubiese ganado relevancia de un día para otro. Se trata de ese compromiso que las compañías tienen con la sociedad, para tomar decisiones correctas que no sólo busquen el beneficio económico inmediato, sino que permitan generar un impacto social positivo.
Y es que en un futuro muy inmediato, las compañías van a tener que tomar decisiones muy complejas, con consecuencias que pueden condicionar hasta límites extremos la vida de muchas personas, por tanto, más que nunca, esas decisiones deberán estar basadas en el propósito corporativo, la misión, la visión y los valores, la razón de existir, la esencia de cada organización.
Aquéllas que aún no tengan esto claro, navegarán sin rumbo, y la estela que dejen a su paso podrá condicionar también su propia supervivencia.
Replanteémonos la identidad de la compañía:
1 – EL PROPÓSITO
El por qué. La razón de existir de la compañía, a qué necesidad de la sociedad da respuesta.
2 – LA MISIÓN
El qué. Ligada al propósito, la misión de la compañía ya tiene alguna connotación más de negocio: qué aportamos.
3 – LA VISIÓN
El cómo. Hacia donde nos dirigimos, cómo nos gustaría ser, ¡con qué soñamos como compañía!
4 – LOS VALORES
Las cualidades que definirán nuestra manera de avanzar en el camino correcto para poder alcanzar ese sueño.
Puede parecer un ejercicio muy formal, pero no debería serlo. Una compañía, más que nunca en un momento como éste, debe tener claras estas cuestiones y replanteárselas si es necesario.
Y voy un paso más allá; cualquier persona de la compañía debería saber cuál es el propósito, la misión, la visión y los valores de su organización, porque esto sólo tendrá sentido si todas las personas lo conocen, lo comprenden, lo comparten y lo llevan a la práctica en su día a día, cualquiera que sea su rol. No me cansaré de repetir ese mantra de que no hay responsabilidad corporativa si no hay responsabilidad individual. Y ambas, deben construirse sobre unos cimientos sólidos.
A continuación, vendría la estrategia: el plan para alcanzar los objetivos. La sostenibilidad (económica, ambiental y social) es el objetivo de ese plan.
5 – LA ESTRATEGIA
«La Sostenibilidad en el plan de negocio»
En el contexto actual: ¿qué va a pasar?, ¿qué debería pasar?, ¿en qué dirección deberíamos caminar todos juntos?.
Se me ocurren dos posibles escenarios: uno que suponga un mayor impulso a la Responsabilidad Social Corporativa, y otro muy diferente que traiga consigo un retroceso de lo avanzado.
Quiero quedarme con el primero, pero no me atrevería a descartar del todo una situación donde de pronto, el miedo al impacto económico inmediato nuble visiones empresariales que parecían robustas y provoque una pérdida de un rumbo que ya parecía consolidado.
Las compañías, en especial las grandes compañías, tienen un enorme poder y una gran capacidad de actuación; en consecuencia, tienen también una enorme responsabilidad.
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CINCO grandes desafíos inminentes para afrontar la crisis:
PRIMERO: LA SALUD
Las empresas deben volcar sus esfuerzos en:
- Cuidar la salud de las personas (empleados, clientes, colaboradores y la población en su conjunto).
- Reforzar la comunicación interna, ya que la desinformación genera desconfianza.
- Promover y apoyar, en la medida de sus posibilidades, la investigación y la innovación en torno a la salud.
SEGUNDO: EL EMPLEO
Hay consenso absoluto en que es fundamental intensificar las medidas de apoyo en el ámbito laboral, protegiendo el empleo y los ingresos a través de medidas excepcionales
Las áreas de gestión de personas de las compañías cobran enorme protagonismo; tendrán que ser capaces de reinventarse, de innovar y de repensar nuevos modelos de trabajo y de relaciones laborales, para impulsar la productividad, la recuperación económica y el sentido de seguridad de los empleados.
TERCERO: LAS CADENAS DE SUMINISTRO
Los trastornos que hemos vivido recientemente en los procesos de producción han supuesto en ciertos casos la paralización total por interrupción de suministros de componentes esenciales; se ha puesto a prueba la resistencia y adaptabilidad de las cadenas de suministro de miles de empresas, y ha supuesto una llamada de atención muy clara sobre los riesgos asociados.
Las empresas deberán aumentar la valoración del riesgo que supone depender de suministros procedentes de localizaciones alejadas geográficamente. Se espera un tiempo de desglobalización, que a su vez debería favorecer otros aspectos como el desarrollo local y la debida diligencia en materia de derechos humanos.
CUARTO: EL MEDIO AMBIENTE
El medio ambiente ha sido el único beneficiario de la dramática situación vivida. Ha sido sorprendente la rapidez con la que han descendido los niveles de contaminación en las ciudades tras el confinamiento de la población. Ha sido espectacular ver todo tipo de especies animales campando a sus anchas por calles y playas vacías.
Pero no nos engañemos, ha sido un espejismo y todo volverá a ser como antes en cuanto recuperemos la vida normal.
Aprovecho para recordar que los principales riesgos reconocidos en el último Informe de Riesgos Globales del Foro Económico Mundial están relacionados con la degradación ambiental.
Tampoco tenemos que olvidar que la salud del planeta es esencial para la salud de las personas. Nuestra salud necesita ecosistemas sanos, que a su vez nos protejan de futuras pandemias.
También las empresas dependen del capital natural y el coste de su degradación necesita ser tenido en cuenta en la toma de decisiones; sin capital natural no hay bienes ni servicios.
Por tanto, las compañías no deberían descuidar sus compromisos ambientales en tiempos de crisis.
Muchas voces se alzan pidiendo que, en un momento tan delicado como el actual, ese gran Pacto Verde Europeo (The European Green Deal) sea nuestra verdadera hoja de ruta para afrontar la crisis económica y para dotar a la UE de una economía sostenible,
QUINTO: LA ACCIÓN SOCIAL
La acción social es una parte de la Responsabilidad Corporativa, pero no debería ser el núcleo. Sin embargo, es momento de que la acción social de las compañías cobre mayor relevancia, recuperando y potenciando la cara más amable de la filantropía e involucrando a las personas.
“LAS EMPRESAS NO PUEDEN TRIUNFAR EN SOCIEDADES QUE FRACASAN”
Las compañías que no respondan a lo que la sociedad espera de ellas, correrán riesgos reputacionales importantes, con consecuencias también importantes a medio-largo plazo.
Pero lo cierto es que en estos últimos terroríficos meses, el sector empresarial ha desplegado toda la maquinaria de su compromiso social, para dar respuesta a situaciones a las que los propios gobiernos no hubieran sido capaces solos.
Ya antes de esta crisis, ha sido recurrente el debate sobre la legitimidad o la conveniencia de que las compañías hiciesen esta labor social. Tenemos casos muy mediáticos en España (Inditex, Mercadona) pero no es mi intención fomentar aquí ningún tipo de debate. Yo siempre me he posicionado desde un enfoque muy pragmático, sin prestar demasiada atención a las motivaciones y más a los resultados. Las ideas dividen y las acciones unen. Y con mayor motivo, esto pesa más en una situación crítica de extrema debilidad como ésta, en la que todo es poco y todo suma.
Las compañías tendrán que revisar los resultados de ese indicador tan relevante que llamamos “valor económico generado y distribuido”. En un momento como el actual habrá que revisar aspectos críticos como brecha salarial entre diferentes colectivos o temas de fiscalidad, garantizando un reparto justo de la riqueza.
Las compañías tendrán que demostrar niveles muy altos de buen gobierno, gestión ética y transparencia, porque nos jugamos tanto que todos estaremos muy atentos.
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Estábamos en esa carrera por el desarrollo sostenible con el horizonte puesto en nuestra Agenda 2030, y si ya la cosa pintaba difícil, de pronto nos encontramos con esta pandemia que tiene el potencial de empeorar aún más las cosas.
Por ello, necesitamos más que nunca el liderazgo empresarial, que no es otra cosa que el liderazgo de personas que desde el ámbito privado, utilicen el poder de las organizaciones para generar ese impacto positivo más necesario que nunca.
Las compañías deben identificar su foco de generación de impacto positivo real, para abordarlo desde la cooperación, movilizando e intercambiando conocimiento, tecnología y recursos.
Siempre he defendido que las compañías deben buscar aliados (ODS 17): decidir dónde, cómo y con quién avanzar para ir más rápido, desde todas las formas posibles de cooperación: público-privada, con la sociedad civil, sectorial e intersectorial.
ES MOTIVADOR EL RETO AL QUE NOS ENFRENTAMOS
TAMBIÉN ASUSTA
PERO LA ACCIÓN ES EL PRINCIPAL ANTÍDOTO CONTRA EL MIEDO
Esto pasará seguro, pero no perdamos tiempo; hagamos cosas desde ya para que la salida sea más rápida, de menor impacto y que nos permita salir fortalecidos como humanidad. Y sin olvidar el lema de la propia Agenda 2030: sin dejar a nadie atrás.